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A escadaria que desce da praça ao rio, no chamado cais das colunas, e toda aquela área até a estação fluvial, estava intransitável devido às obras da estação do Metro que ali se quer fazer, e dadas as dificuldades do terreno andam pelas ruas da amargura engenheiros, políticos, urbanistas e o público em geral que por ali há-de passar todos os dias.
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…Me demoré casi media hora en la praça, entretenido con el movimiento de gentes y tranvías, de coches y personas, de palomas y gaviotas, de ferrys y autobuses, de imágenes e ideas, de siluetas de hembra, de hombres que van o vienen y que, al igual que yo, miran esos cuerpos de mujer con más o menos disimulo, volviéndose al pasar o simplemente durante una fracción de segundo al cruzarse, contemplan esos culos y esas tetas como animales en celo, hombres al fin y al cabo, qué otra cosa, y viéndoles, viéndome, pobres desgraciaos, pensaba en la manera que —tal como dice Oliverio Moraes, cuando ejerce de antropólogo de barra de bar— tienen los hombres de mirar a las mujeres por la calle; y mientras tanto, ahí, la estatua ecuestre de bronce del rey Dom José I, en el centro de la praça, y yo sin saber ni valorar lo magnífica que es. Las escalinatas que descienden de la praça al río, en el llamado cais das colunas, y toda esa área, hasta la Estação fluvial, estaba intransitable por entonces con motivo de las obras de la estación de Metro que allí se hacían, obras que, dadas las dificultades del terreno, traían por la calle de la amargura a ingenieros, políticos y urbanistas, y al público en general que transitaba cada día.
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