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Corrió Teodosio raudo a su casa y en la penumbra de su habitación distinguió dos bultos en la cama. Creyendo que eran su mujer y su amado, furioso, les dio muerte allí mismo, descubriendo con horror que había matado a sus padres. Arrepentido, acudió al obispo de Pamplona a pedir perdón, pero éste lo envió a Roma, pues sólo el Papa podía absolver tamaño parricidio. El Papa le perdonó, pero le impuso la penitencia de hacer vida de ermitaño con una cadena atada a la cintura hasta que ésta se rompiese. Así vagó Teodosio durante siete años por los montes cercanos a su pueblo, hasta que un día, estando en el monte Aralar, salió un inmenso dragón de una cueva. Invocó Teodosio a San Miguel, quien apareció venciendo al dragón, que huyó herido de muerte por una sima.
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