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Regresemos a Ruanda y a l a cuestión de si el periodismo puede lograr algo en situaciones de crisis. En marzo y abril de 1994, corresponsales de la BBC informaron desde la capital Kigali que se estaban gestando problemas graves. El gobierno de Ruanda bajo el mando del presidente Habyarimana y los rebeldes del Frente Patriótico de Ruanda (FPR) habían acordado poner fin a la guerra civil mediante el tratado de paz de Arusha. En adelante, se permitiría a la minoría tutsi una mayor participación en la vida pública y en el gobierno. Poco antes de que se formara un gobierno de coalición, aumentó la tensión en la capital debido a que se esparcieron rumores de que políticos cercanos al Presidente nunca estarían de acuerdo con compartir el poder con los rebeldes. El comandante de las tropas de Naciones Unidas, el General canadiense Romeo Dallaire, telegrafió a Nueva York para advertir sobre un posible genocidio; informaba que, por las noticias que había recibido del ejército de Ruanda y del partido gobernante, presagiaba un desastre de dimensiones sin precedentes y que se estaba armando poderosamente a las milicias. No obstante, no se escucharon sus advertencias, como tampoco las de los periodistas. Kofi Annan, a la sazón responsable del envío de las tropas de Naciones Unidas, y por lo tanto jefe del General Dallaire, pasó por alto las advertencias que llegaban de Kigali. Hay que reconocer, sin embargo, que pocos podían haber imaginado la magnitud de las matanzas y atrocidades que se iniciaron el 6 de abril. El genocidio que durante los tres meses siguientes cobró un millón de víctimas - muchas de ellas descuartizadas con armas blancas- sobrepasó la imaginación de los periodistas y del personal los organismos de socorro.
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