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Sóc una resta de l'ànima de la molinera vella que en morir se li va quedar enganxada com un parrac en una branqueta del baladre que hi havia a la vora del portal i quan el van tirar a terra, el molí, aquell retall de drap blanc endut pel vent em va venir a la cara a encegar-me justament quan jo passava conduint la motoreta carraca que s'havia deixat l'Espinac jove i primer vaig estar a punt de relliscar en aquell caminet de terra d'entre aquells puigs pelats, després vaig estar a punt de redreçar la moto i al final efectivament vaig relliscar i em vaig clavar una santa patacada que no va ser res tampoc, però l'espant ja no me'l treu ningú i per això escric.
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Pregunta doble: ¿quién soy y porqué escribo? Respuesta simple: escribo porque no sé quién soy. A tientas, en la oscuridad, encontramos la siguiente pregunta doble: ¿qué soy y por quién escribo? No para quién sino por quién, que es como si dijéramos por culpa de quién, pero ya veremos más adelante que el por quién y el para quién tienen la misma respuesta en este caso. Vamos al grano: ¿qué soy? Soy un resto del alma de la vieja molinera que, al morir, se le quedó enganchada como un jirón en una ramita de la adelfa que había junto al portal y, cuando tiraron a tierra el molino, aquel trapo blanco, llevado por el viento, me vino a la cara y me cegó justo cuando yo pasaba conduciendo la motillo carraca que se había dejado el Espinac mozo. Primero estuve a punto de derrapar en aquel caminito de tierra entre montes pelados, después casi consigo equilibrar la moto y al final, efectivamente, derrapé y me pegué un santo batacazo que tampoco fue para tanto, pero el susto ya no me lo quita nadie y por eso escribo. El que más lo sintió fue el Espinac, porque no sé qué de no sé qué pieza, y que aquella carraca se la quería como si fuera una de esas cabritas que viene cuando la llamas y la puedes ordeñar, y por mirar de no encontrármelo, porque me miraba de torcido, empecé a quedarme a casa y me dedicaba a explorar los montes pelados de la literatura, pero no como un modo de entretenimiento sino como una búsqueda en el desconocimiento, porque soy el hombre lobo que salta, hambriento, cada vez que algo desconocido se le pone al alcance de la zarpa. Soy el hombre gol entre semana, cuando no juega a fútbol y le vienen ideas extrañas, con fuerzas magnéticas que desvían la pelota hacia fuera: siempre el mismo maldito sueño: solo ante la portería, chuto bien y, cuando está a punto de entrar, la pelota describe un ángulo recto y se va a las hierbazas del camino grande, como mínimo, o hasta la farmacia... y, hala, a buscarla. Soy el micropsicólogo que si te pilla una locura, en una millonésima de segundo te la curo antes de que se acabe, y te puedes pasar el resto de la millonésima pensando tranquilamente en las musarañas, que es una de las formas de la salud mental que aún están permitidas. Soy el desconocido que pasa por esa calle en que todos se conocen, o que a él le parece que todos se conocen, todos menos él. Soy el loro que siempre lo tienen en el balcón que da a la placeta de debajo de casa y que se llama Darwin (el loro). Soy el pastor forastero que apacienta cabras d
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