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Mongolia presume de soledades, de estepas que apuntan a la nada, de horizontes en voz baja, donde nadie lamenta tanto desierto porque, sencillamente, no hay nadie. Es como un país en coma inducido por sus paisajes yermos, un lugar de paso, el eco de los pastores, que no se detienen, tal vez para no sentir de golpe el desamparo.
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