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Transcurrido un breve instante y tras saludarme, las restauradoras María y Rocío me brindaron amablemente la oportunidad de apreciar de cerca los trabajos. Nos desplazamos por el interior del andamio utilizando una escalerilla interior por la que se accedía a los diferentes niveles a través de una trampilla de aproximadamente 1x1 metros. Con toda precaución y no sin dificultad seguí sus pasos subiendo uno por uno los cuatro pisos, acompañado de Zuriñe Antoñana, responsable técnico de restauración del Servicio de Patrimonio Cultural en labores de supervisión de los trabajos. En cada uno de los pisos pude contar con una perspectiva exclusiva de esta obra de arte barroco accediendo a rincones desde los que se dispone de una vista al alcance de muy pocos. Además de contemplar a escasos centímetros y rozar con mis dedos los rostros esculpidos de los angelotes, conocí, in situ y de propia voz de las restauradoras, las distintas labores realizadas en el retablo, desde el desmonte de piezas para su tratamiento en taller hasta las actuaciones sobre la estructura principal y las piezas que no se desmontan, consistentes en su limpieza, aplicación de tratamiento idóneo para su conservación, ejecución de retoques... Y fui consciente, también, de que trabajar en su restauración exige conjugar conocimientos técnicos y una enorme capacidad de precisión y concentración en una labor que requiere, además, abstraerse de una altura especialmente intimidatoria en el último piso.
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