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La situación no tardó en invertirse. Los señores de Gondi empezaron a ver a su capellán como un hombre providencial, verdadero enviado de Dios para la salvación de su familia. La primera en darse cuenta de ello fue la señora. Margarita de Silly era un alma atribulada y compleja. Bella y delicada, con una belleza frágil como de dama de Ghirlandaio, era piadosa hasta el punto de preferir que sus hijos fueran antes santos del cielo que grandes señores de la tierra[note]R. Chantelauze, o.c., p. 85.[/note], como ella misma declaró al P. Bérulle. Veía a Dios más como juez que como padre. Se atormentaba a sí misma y atormentaba a sus confesores con escrúpulos infundados. Antes de que Vicente llevara dos años en su casa, pensó hacer de él su director de conciencia. Ante la resistencia del capellán, recurrió a Bérulle, y Vicente obedeció una vez más. Empezó a dirigir aquella alma con una energía no exenta de dulzura y respeto. Ella hubiera querido tenerle siempre a su lado, temerosa de que un accidente o una enfermedad se lo arrebatasen. Vicente la obligaba a dirigirse a otros confesores, especialmente a cierto padre recoleto experto en dirección de almas. Suavemente intentaba desprenderla de sí mismo y enseñarle a depender sólo de Dios[note]Abelly, o.c., L.1 c.9 p. 36-37.[/note]. Aplicándole el remedio que había ensayado en sí mismo, la orientó con firmeza hacia las obras de caridad: alentaba su natural desprendido y limosnero, la entrenaba en la visita personal a los pobres, a los que debía servir con sus manos; le hacía preocuparse de que sus funcionarios administraran justicia con rectitud y rapidez[note]Abelly, o.c., L.1 c.8 p. 31.[/note]. Aun así, llegaría un momento en que Vicente se creería obligado a alejarse para liberarse a sí mismo y librarla a ella del excesivo apego a su director. Pero antes habrían hecho juntos el descubrimiento capital de la vida de Vicente.
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