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Una noche, Abraham se reclinó sobre la cima de una montaña para observar el cielo. De repente, apareció una estrella muy brillante y bella, y se sintió maravillado por la gloria de ella. Exclamó: “Ese es mi dios; a ese adoraré.” Con el transcurso de la noche, la estrella se alejó y desapareció, y Abraham se lamentó, diciendo: “¿De qué me vale que adore a ese dios si se muere en la oscuridad y ya no existe más?” Entonces sobre las colinas lejanas se asomó la luna, y llenó la tierra de su plateada luz. Nuevamente exclamó: “Por fin, tú eres más bella y grande que la estrella. ¡Tú eres mi dios, porque tú eres más maravillosa!” Nuevamente, la luna se alejó y desapareció.
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