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Cuando nos sometemos a esto, descubrimos que nuestro sacerdocio comienza a ser rico y satisfactorio e interesante. Dios comienza a ensanchar nuestras fronteras. Un sentido de mérito entra en tu vida, más allá de lo que jamás has soñado. Descubrimos que Dios no está tan interesado en nuestra actividad sino más bien en nuestra actitud ―nuestro ser más que nuestro hacer― y que podemos deleitar a Dios mientras lavamos los cacharros, por la actitud correcta de nuestro corazón, que podemos complacer a Dios y ser utilizados por Dios cuando estamos picando en el jardín o trabajando en el taller. Su vida comienza a fluir por medio de nosotros para que seamos efectivos en aplicar la muerte de Cristo a la enfermedad y pena de la humanidad a nuestro alrededor, y seamos efectivos en animar, en desarrollar, en alimentar y en enriquecer por el pan de Dios las vidas de aquellos con los que estamos en contacto. Hay un mundo entero a nuestro alrededor esperando a ser ministrado, cientos y miles de personas con los que estamos en contacto cada día y que necesitan ser ayudados, necesitan liberación.
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