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Me pregunto si algún día me encontraré con estos amigos y amigas en cuya trayectoria ha entrado ni que sea un pequeño fragmento de mi existencia; en realidad el encuentro ya ha ocurrido, forma parte de mi historia y un poco de la suya y por lo tanto, en nuestra reducidísima dimensión, del universo. Las tengo sobre la mesa, estas postales, delante de mí, una flota de barquitas que me acompaña, aunque no sé hacia dónde. No me siento en absoluto el almirante de esta flota, como tampoco me siento protagonista de la exposición, pero no puedo negar la alegría e incluso la vanidad de ver mi nombre en cada postal, donde se escribe la dirección, como el nombre escrito en la parte trasera o en el costado de una barca. El nombre de la barca, en general, está escrito en letras más bien pequeñas, no puede verse y no destaca cuando se mira una vela que se desliza sobre el mar. Las velas, en este caso, son las palabras escritas en las postales, no el nombre que está escrito en la dirección.
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