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Estetikoki bere mendi berdez perfektua, bere bizkarrezurra ibaiaren eszenan, euren banbu tradizionala etxeetan, paisaia eguzkia tropikalak ezinezko koloreak tiraka. Zuen, nahiz eta dendak, inoiz ez dut asmatu zukeen- eta jatetxe pare diruarekin errefuxiatu eta Thailandian kontaktuak zela ezarri.
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Y es que el campo era un lugar bello. Por fuera y por dentro. Estéticamente perfecto en sus montañas verdes, en su río vertebrando la escena, en sus casas de bambú tradicionales, en su sol tropical arrancando colores imposibles al paisaje. Tenía incluso tiendas -jamás me lo hubiera imaginado- y un par de restaurantes que los refugiados con dinero y contactos en Tailandia habían montado. Espiritualmente era todavía mejor. Su desesperante situación, en lugar de amedrentar la esperanza, la espoleaba, la elevaba al cubo, la lanzaba en forma de amplias sonrisas, de sueños y de ganas. Hablar con ellos era tomar una lección de humildad, era entender que los sueños no mueren por imposibles, sino por olvidados. Y los suyos no lo estaban: seguían latentes, vivos, desbordados, presentes en todas y cada una de sus palabras. Creían en la paz -a pesar de estar en guerra-, en la libertad -a pesar de estar amarrados-. Los pequeños querían ser profesores, novinari, politički, liječnički. Los mayores, ansiaban labrarse un futuro lejos de las cadenas que los asían al interior de unas fronteras imaginarias. Algunos lo conseguirían (existían programas de reasentamiento en Canadá, Australija, Novi Zeland, Estados Unidos o Noruega); nažalost, no todos.
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