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Ya estábamos en Malawi, país de bellas montañas y una carretera decente. La gente es afable, especialmente sonriente parece desde el coche. “El camino al mítico Lago Malawi parece que no será complicado”, pienso , pero 60 kilómetros después nos paran en un control policial.. La cara del agente me parece delatora y le comento a Dani que no es trigo limpio. Comienza otro teatro de pedir papeles, ceremonioso, que empieza siempre con miradas escrutadoras al coche. Entonces, tras un minuto de dar vueltas al vehículo, se destapa y exige los triángulos. “Aquí están”, contesta Víctor. El agente sabe que sólo necesita pedir algo más. “Enséñeme el extintor”. “¿Extintor? ¿Extintor para qué?”, dice Víctor. “En Malawi es obligatorio llevar extintor en los coches”, replica nuestro policía. La frase te desespera, ya sabes que comienza otra bronca, pero esta vez ya estamos agotados de robos indiscriminados. Víctor, tras discutir, se sube a la techo del 4×4 y le saca el camping gas. “Aquí tienes el extintor”, le dice. El policía, que con dificultad es capaz de diferenciar un extintor de una barbacoa, se queda bloqueado, pensativo. En ese momento bajo del vehículo y me voy a hablar con él. Le enseñó mi carnet de prensa y le explico enfadado que estoy trabajando para el Gobierno de su país y que esta retención está perjudicando nuestra labor. Duda, piensa que quizá se va a meter en un problema mayor con algún superior, y decide dejarnos ir con cara de desagrado. “Mutharikha no parece tan muerto”, pienso al volver al coche.
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