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upozoravao protiv ‘organizacijskog čovjeka’, dok je godine 1961. predsjednik na odlasku Dwight D. Eisenhower govorio o tehnološkim opasnostima ‘vojnoindustrijskog kompleksa’. Televizija se proglašavala glavnim alatom propagande kapitalizma, počevši od knjige Vancea Packarda Skriveni nagovarači objavljene u Americi godine 1957, te nastavivši se radikalnije s Barthesovim Mitologijama u Francuskoj, a naročito Debordovim Društvom spektakla.
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No se trata de enredarnos en una disputa académica sobre cómo concibió Adorno exactamente esta resistencia de formas contradictorias. Mucho más interesante es observar cómo una crítica coordinada puede ayudar a hacer emerger la resistencia en la sociedad. La figura más visible en este sentido es Herbert Marcuse, cuyo libro de 1964 El hombre unidimensional se convirtió en un best-seller internacional, particularmente en Francia. Los estudiantes y las estudiantes en las manifestaciones de Mayo del 68 portaban carteles en los que se leía “Marx, Mao, Marcuse”. Esa imagen muestra cómo Marcuse, con su postura directamente revolucionaria, pudo convertirse en una especie de emblema en el que convergían críticas diversas del Estado autoritario, la disciplina industrial y los medios de comunicación. En Francia, Sartre había escrito sobre “el hombre serial", mientras que Castoriadis desarrolló una crítica del productivismo burocrático. En Estados Unidos, el escritor William Whyte previno contra el “hombre organización” en fecha tan temprana como 1956, mientras que en 1961 un presidente saliente, Dwight D. Eisenhower, denunció los peligros tecnológicos del “complejo militar industrial”. La televisión comercial se identificaba como la mayor herramienta de propaganda del capitalismo, inicialmente con el libro de Vance Packard Las formas ocultas de la propaganda publicado en Estados Unidos en 1957, seguido con más radicalidad por las Mitologías de Barthes en Francia y, sobre todo, La sociedad del espectáculo de Debord. Ivan Illich y Paul Goodman atacaron los sistemas escolares como centros de adoctrinamiento social, R.D. Laing y Félix Guattari exigieron una antipsiquiatría, y Henri Léfebvre un antiurbanismo que los situacionistas hicieron efectivo con la práctica de la dérive. En su Ensayo sobre la liberación, escrito inmediatamente después del 68, Marcuse llegó tan lejos como a hablar de algo así como un estallido de surrealismo de masas que, según pensaba, podría combinarse con un ascenso del lumpenproletariado racial en los Estados Unidos y con una más amplia revuelta del Tercer Mundo.
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