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Las santas aisladas de Zurbarán son formalmente una continuación de las que se pintaban en Sevilla en las primeras décadas del XVII. Las de Pacheco fueron el punto de partida de un camino que después siguieron Francisco Varela y Juan del Castillo, para culminar en la producción del pintor extremeño. Según Emilio Orozco Díaz (1947 y 1957) éste llevaba a cabo en sus santas auténticos «retratos a lo divino», es decir, imágenes de damas que deseaban ser retratadas con la iconografía de la santa de su nombre, gusto explicable dentro del fervoroso ambiente religioso imperante en la España de la época. Sin embargo, esta interpretación no puede mantenerse en todos los casos, ya que, aunque existen ejemplos claros de imágenes retratísticas, como puede apreciarse en los individualizados rasgos de la santa Catalina y la santa Eulalia (?) del Museo de Bellas Artes de Bilbao, en otros, como el que nos ocupa, el pintor utiliza arquetipos creíbles con facciones verosímiles, que repite en otros modelos femeninos de su producción de los años cuarenta y cincuenta. María Luisa Caturla (1953) interpretó este tipo de obras no como «cuadros ante los que rezar», sino como elementos de auténticos cortejos procesionales, destinados a ornar los muros de las iglesias, como sucedía en las antiguas basílicas paleocristianas y bizantinas. Para vestir a sus santas, el pintor pudo inspirarse, como sostiene Caturla, en las procesiones o en los autos procesionales del Corpus, o, como afirman Gállego y Gudiol (1976), y Serrera (Madrid 1988), en los trajes de las villanas de las comedias, por el aire teatral que emana de ellas.
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