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El autor pasa revista a las democracias parlamentarias y presidencialistas, y contrapone los sistemas políticos europeo y norteamericano. Aron cree en la democracia liberal, pero desconfía de las unanimidades y más todavía de las ideologías que aspiran a construir sistemas perfectos. Pese a las críticas que suele inspirar la partitocracia, el autor no ve otro cauce para la elección de los gobernantes. Frente a las acusaciones de que los partidos solo representan a determinadas oligarquías, Aron los cree necesarios para la existencia del pluralismo político. Por lo demás, ¿qué régimen político estaría libre de no ser identificado con una oligarquía? Cuando los movimientos revolucionarios toman el poder, una oligarquía suele reemplazar a otra. La tentación del gobierno de los “perfectos” es consustancial al juego político, pero las democracias liberales, en su auténtico sentido, no pueden nunca aspirar a la perfección sino que son el testimonio de un pluralismo político caracterizado por la alternancia en el poder. Aron conoció de cerca la república de Weimar, de la que muchos subrayaban sus debilidades internas con la inestabilidad de sus gobiernos o la corrupción. El pensador francés hubiera preferido prolongar ese régimen con todas sus deficiencias, antes que caer en el “perfeccionismo” de otorgar todo el poder a un hombre o a un partido. Resalta también Aron las debilidades de las democracias en política exterior, dada su propensión a cuestionar hechos evidentes y a sus dudas a la hora de asumir riesgos. En definitiva, la democracia puede decepcionar, pero las alternativas son mucho peores. Por otro lado, Aron no cree en las habituales teorías de la conspiración, y menos aún en que los poderes económicos se sirven de marionetas políticas, un habitual lugar común. A lo largo de su vida escribió brillantes análisis económicos, pero esto no era incompatible con su afirmación de que no siempre resulta fácil saber lo que quieren los poderes económicos, aunque subraya que es muy simplista afirmar que sean una fuerza unitaria. En cualquier caso, a Aron la política le importa más que la economía, y esto sería una de sus diversas objeciones al marxismo, el credo dominante entre los intelectuales franceses de mediados del siglo XX.
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