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Gracias a los numerosos trabajos de renombrados historiadores y de investigadores de Francia y otros países, la verdadera historia de Juana de Arco resulta hoy accesible y, en líneas generales, bastante conocida en todo el mundo. Una historia que va más allá de los términos de «mito», «leyenda», «folklore» utilizados a menudo en relación con ella por muchos escritores, puesto que lo que sabemos de Juana la Doncella se basa en documentos rigurosamente auténticos: crónicas, cartas públicas, registros del Parlamento de París, manuscritos firmados por notarios, los textos de los dos procesos que sufrió, uno en vida y otro después de muerta… todo ello pasado por el estricto cedazo del método histórico más exigente. Por desgracia, eso no ha impedido que todo tipo de leyendas e historias falsas se presenten como verdades ocultas o incluso como nuevos descubrimientos. Sin embargo, lo que más me sorprendió, hablando con diferentes personas durante la preparación de este proyecto, fue constatar con qué facilidad se olvidaban, incluso por parte de personas cultas, informaciones esenciales (como la firma del tratado de Troyes) que originan y culminan ese antiguo y prolongado conflicto que opuso con tanta violencia a ingleses y franceses. «Sin los sentidos no hay memoria, y sin memoria no hay inteligencia», nos recuerda Voltaire en su Aventura de la memoria (1773). Por eso, aunque sea importante, nuestra capacidad de memoria personal se concentra a menudo en hechos, conocimientos y experiencias que nos resultan queridos y cercanos, o que nos han afectado profundamente. El conjunto de todos tales recuerdos determina la memoria histórica de un pueblo, y de ésta depende nuestra capacidad de mantener viva la memoria de los gestos heroicos y excepcionales vividos por los hombres y mujeres de antaño, pero también de las tragedias y los sufrimientos del ser humano, un ser humano a menudo solo (como en el caso de la Doncella) frente a las ideologías sofocantes y los fanatismos que matan. El mal absoluto es siempre el que el hombre inflige al hombre. Ya se ha dicho y repetido, pero es necesario insistir en ello, como hace Régine Pernoud: «el pasado no ofrece ningún ejemplo de destino más extraordinario que el de esa Doncella de diecinueve años. Tanto si vemos en ella una enviada de Dios o una heroína surgida del pueblo para liberarlo, no dejó a nadie indiferente: ni a Voltaire más que a Schiller, ni a Anatole France y Renan más que a Péguy y Claudel, ni los historiadores de la
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