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Why I write. I do it to relate the impressions of this whole elongated muddle, the things piled up in my eighty-one-year-old glass flask. Everything's there, then – wars and boxers, actors and construction bosses, surveyors and other poets, violinists and schoolteachers, emperors and wall-paperers, aviators like Louis Blériot and cosmonauts like Armstrong, et cetera, and they've nourished my life and instilled in me a mad desire to share it with someone.
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soy i, aun, por aproximación. Si hubiera tenido que responder a esta pregunta cuando trabajaba como dibujante, habría utilizado un gráfico al estilo de los de Leonardo da Vinci y quizá incluso las explicaciones acompañantes tendrían que leerse con la ayuda de un espejo. Imagínense el artefacto que utilizo como autorretrato: es un gran embudo de cobre que debe tener unos treinta centímetros de boca. En conjunto, desde la parte superior al último extremo del cono, debe tener también un tamaño parecido. Y la estructura entera encaja en un frasco de cristal, discretamente mediano, transparente, y ligeramente teñido de verde ftalocianina. Ahora mismo verán por qué escribo; permítanme que finalice el tema del embudo-parecido. Es el receptáculo de mi autodidactismo. He vertido en él durante ochenta años una abrumadora multitud de menudencias. Ya han visto que la boca es ancha, pero la parte final del embudo muy estrecha y, por consiguiente, las cosas llegan muy trabajosamente al frasco. [...] Ochenta años dedicados a abarrotar el embudo de cosas muy compactas que difícilmente pasaban por los conductos que se estrechaban impecablemente. Y, al final, llegaban a la botella, el frasco de color verde obtenido mediante una pizca de ftalocianina. Las cosas han caído lentamente en el receptáculo inferior. La condición vítrea del frasco les da una configuración óptica alargada. Por qué escribo. Lo hago para relatar las impresiones de todo este embrollo estirajado de cosas amontonadas en mi frasco vítreo de ochenta años. Hay de todo: guerras y boxeadores, actores y maestros de obra, agrimensores y poetas, violinistas y profesores de escuela, emperadores y empapeladores, aviadores como Louis Blériot y cosmonautas como Amstrong, etc., que nutren mi vida y me contagian un loco deseo de compartirla con alguien. Que nadie se sorprenda de mi hacer caótico, siendo como soy holgazán por naturaleza y batallando con la suma de hechos no suficientemente digeridos. Con esto justifico que en mis libros haya intentado explicar ce por be todo lo que he visto desde el interior del frasco, a través de mi percepción, escasa y adulterada, ligeramente teñida de verde, convenido como el color de la esperanza.
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