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Como un niño de la década de 1980, mis días de escuela se centraban en la ropa de gran tamaño, los Tamagotchis, los cromos de fútbol, los Backstreet Boys y el miedo a los "drogatas". Los "Drogatas" eran estas personas que llevaban ropa sucia y que tenían las mejillas de la cara hundidas y como de goma. Todavía puedo recordar a mi abuela apretándome la mano cuando pasábamos por Kocherpark en Berna. Entonces, sucedió algo. Para cuando me cambió la voz, la multitud en Kocherpark, de repente, había desaparecido. Lo mismo sucedió en Zürich, donde había hasta 3.000 yonquis en Platzspitz durante su apogeo. ¿Qué había pasado? ¿Se había desenganchado toda esa gente? ¿Estaban todos esos años de tolerancia cero, por fin, dando sus frutos? ¡Al revés! Finalmente, las autoridades se habían dado cuenta de que a los drogadictos no había que procesarles ni encerrarles, sino apoyarles y asesorarles. Por atrasada y estrecha de miras que pueda ser Suiza a veces, al introducir la distribución controlada de la heroína, el país abrió un camino nuevo y preparó el terreno para una política realista de drogas ilegales. La gente quiere intoxicarse. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Tanto si lo apruebas, como si no, tú decides. Un enfoque aún mejor sería dejar de clasificar y comparar todo por completo. No hay sombra sin luz, ni noche sin día. Las drogas ilegales, en general, y el cannabis, en particular, no son buenos ni malos. Sus posibles beneficios y riesgos se equilibran, y se ha demostrado en las últimas décadas que la prohibición en lo que respecta a hacer frente a estos riesgos no conduce a nada. Por eso, ya es hora de que haya más información pública disponible; tiempo para más conocimientos. Después de todo, los que no saben nada tienen que creerse todo.
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