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todas las horas de su pasado), lo lleva al archivo estatal y a su casa natal en Praga, a Terezín, al Museo del Gueto, al Imperial War Museum y a la nueva Biblioteca Nacional de París, en busca de rastros ciertos de sus padres. Entre las muchas imágenes que acompañan su relato hay fotos familiares, fotos de lugares, de edificios públicos monstruosos y de objetos anodinos, pero hay dos que dialogan oblicuamente con el resto y evocan, como fogonazos que flotan, el primer encuentro en la estación de Amberes. Un pequeño reloj marca la hora en la oficina del archivo que Austerlitz visita en Praga, y otro, esta vez en primer plano, destaca en una imagen del registro de reclusos de Terezín, una foto que Austerlitz dice haber descubierto en la Biblioteca Nacional de París y se reproduce a doble página. En la oficinita de Praga, una mesa cubierta de expedientes parece estar esperándolo para dar con el paradero de su madre, mientras que en la sala de Terezín el orden obsesivo de la cuadrícula de legajos, los escritorios vacíos, las profusión de líneas rectas apenas interrumpida por la esfera del reloj componen un decorado ominoso, doble siniestro de una biblioteca de Babel infinita que la foto solo retrata en parte. Por algún motivo, Sebald no eligió para el montaje la vista de la Pequeña Fortaleza que Austerlitz pudo haber registrado en el Museo del Gueto, sino la fotografía del alemán Dirk Reinartz, Small Fortress, Terezín (1995) que deja ver un reloj en el ángulo derecho. La imagen, una de las últimas del libro, contrasta francamente con la de la oficina londinense que ha aparecido mucho antes, un cuarto estrecho y desordenado repleto de libros y papeles apilados, donde Austerlitz ha intentado recomponer la historia de la arquitectura moderna. (143) Entre una y otra, la serie de fotos que Sebald ha montado en el relato (las mismas que Austerlitz dice disponer sobre la superficie gris de su mesa de trabajo como en un juego de paciencia, moviéndolas de un lado a otro o en
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