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La vecindad de Walzer con la concepción marxiana de la crítica es manifiesta, aunque las circunstancias son otro cantar. Sin embargo, quisiera expresar mis reservas sobre la reflexión de Walzer (véase también Demirović, 1993, p. 505 y ss.). En primer lugar, habría que aducir que la argumentación de Walzer da por supuesto aquello que habría que demostrar y fundamentar, a saber: que la actividad crítica existe. Walzer concluye a partir del Antiguo Testamento, en términos cristianos, que existe una práctica milenaria de la crítica. De la misma recibe la impresión de que siempre se trató de una crítica inmanente en el contexto de su respectiva comunidad y de su tradición moral. Esa lectura presupone la continuidad judeocristiana como algo dado. Sin embargo, de tal suerte se pasa por alto aquello que está específicamente vinculado con la crítica en un doble sentido: la voluntad de la crítica es algo en sí mismo históricamente nuevo; y la crítica no sólo exige la realización de las intenciones anunciadas en el pasado, así como de los principios definidos, sino que también pone en cuestión el pasado y prepara el camino para un nuevo futuro. Apunta a las mejoras en el día a día y a cambios fundamentales de las condiciones de vida de los muchos. Sin embargo, para ello no puede apelar al pasado; su tarea consiste precisamente en dar impulso a nuevas medidas. Marx reconoció esto en su obra temprana. La crítica radical se transforma bruscamente, pasando de una mera crítica inmanente, a una crítica transcendental: «No nos oponemos al mundo como doctrinarios con un nuevo principio: ¡Aquí está la verdad, arrodillaos! Desarrollamos el mundo conforme a principios que son los nuevos principios del mundo» (Marx. 1843, p. 345). Rechazando la idea de que la crítica siempre cobra impulso partiendo de sí misma respecto a una medida externa para encontrar una distancia respecto a lo criticado, el movimiento dialéctico entre interior y exterior se ve detenido. «De hecho, el giro dialéctico de la crítica de la cultura no puede hipostasiar las medidas del futuro. No deja de mostrarse móvil respecto a las mismas, dándose cuenta de su posición en el todo. Sin este tipo de libertad, sin que la conciencia vaya más allá de la inmanencia de la cultura, la crítica inmanente misma resultaría impensable: sólo son capaces de seguir el automovimiento del objeto aquellos que no pertenecen por entero a éste» (Adorno, 1951, p. 23).
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