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De esta manera, toda realidad emergente debía afrontar, para superar la situación, un doble reto. Por un lado, debía sobreponerse al declive de los aparatos de izquierda radical y, por el otro, tenía que perfilar un movimiento que supiese habitar los cambios experimentados en el contexto económico, político, urbano y social de los ochenta. Ante esta crisis hubo muchas respuestas, y una de ellas fue la reinterpretación de los movimientos autónomos. Organizados en radios libres, movimientos antinucleares, colectivos feministas, colectividades anarquistas, autónomos o en grupos punks y hardcore, se encontraron, como herederos de la derrota, con un problema central. La ciudad, hecha a imagen y semejanza de un nuevo poder neoliberal, no dejaba hueco político, social, cultural, ni físico para que estas experiencias pudiesen proliferar. En las ciudades del capital, el derecho a existir no se concretaba en el derecho a opinar o a pensar; de un modo más perverso, existir significaba “tener un hueco”: con toda crudeza, la libertad de movimiento se medía en metros cuadrados. Tener un espacio desde donde poder luchar contra el sistema era, en consecuencia, la condición de posibilidad para crear cualquier propuesta antagonista en la ciudad. Por esta razón nacieron los CSO.
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