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Abandonarse a Dios, es decir, entrar en Su reposo con confianza absoluta, incondicional, extrema y concreta; abandonarse para experimentar, día tras día, la dulzura del yugo de Jesús y la ligereza de la carga cuando se lleva junto a Él (Mt 11, 28-30). Abandonarse para conocer y gustar el Amor de Dios, para descubrir que el consuelo en Jesús es mucho más que encontrar en Él la solución de alguno de nuestros problemas, grandes o pequeños. Es sacar de Él el agua viva que apaga cualquier sed (Jn 4, 14), que resuelve en la Vida cualquier problema de la vida. Abandonarse a Dios es acoger Su voluntad, reconocer que coincide con Su misericordia, buscar y encontrar en ella nuestra paz. Hágase Tu voluntad, oh Padre, en el cielo como en la tierra. El fruto del abandono es la inhabitación del Espíritu. Así el Espíritu ora por nosotros, habla por nosotros, da testimonio por nosotros, actúa por nosotros. A nosotros sólo nos queda repetir con María (Lc 1, 38), con Jesús (Lc 22, 42b) nuestro He aquí, nuestro Fiat. Pero para que nuestras respuestas estén modeladas por las de Jesús y de María hay que progresar en la oración y en el ayuno, tal como María nos ha pedido muchas veces. Oración es contacto vivo con Dios, estar en Su presencia, vivir en comunión con Él, como los Apóstoles, como los primeros discípulos, como nuestro Papa, como los Santos de todos los tiempos. No basta con repetir fórmulas pero tampoco es suficiente elevar un pensamiento personal a Dios, fuera de la comunión eclesial, fuera de un contexto de vida en gracia de Dios. Que la oración forme parte de vuestra vida cotidiana, nos exhorta María; ¿como prescindir en nuestra jornada de la Santa Misa?
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