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La idea de que una res brava irrumpa una amena situación de entretenimiento está aparejada siempre, ya en estas creaciones de las últimas décadas del siglo XIX, a la aparición de un gallardo concurrente que hace las veces de improvisado torero y se juega la vida enfrentándose al toro mientras el resto de los aterrorizados asistentes pueden ponerse a salvo. Eso sucede también en este Banquete interrumpido, que representa el momento en que un toro asalta, en efecto, el banquete que tiene lugar en el patio de una hostería a finales del siglo XVIII, época dorada para los aficionados a los toros. Con la minuciosidad preciosista que caracterizó la mayor parte de su producción, en la que abundan escenas amatorias y de ronda protagonizadas más bien por los toreros, Gárate describe minuciosamente el desastre que supone la inesperada llegada del animal a la celebración. Por el fondo y hacia el interior de la posada los asistentes al banquete se apresuran a resguardarse del peligro, corriendo hasta perder sus zapatos y sus sombreros, que dejan abandonados por el camino. Varios majos cargan con sus desmayadas acompañantes femeninas, mientras que las supervivientes a la emoción del peligroso imprevisto, víctimas de un terror desaforado, gritan y se ofuscan con desesperación. Otros personajes, durante su huida, caen al suelo, como el majo que en primer término yace junto a un cesto de naranjas volcado, o el caballero con peluca que también ha caído al suelo de espaldas, junto a la mesa. Pero, lejos de cargarse de dramatismo, el afán desesperado de los protagonistas por encontrar un lugar seguro tiene sobre todo un sentido cómico, visible en detalles como el del hombre que trata de esconderse bajo la endeble mesa del banquete, rodeado por los zapatos de sus acompañantes.
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