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Desgraciadamente a mi amigo ni siquiera le han dado esa oportunidad en el momento de su muerte. En una clínica religiosa de Roma le impidieron estar en sus últimos momentos con la compañera de toda su vida, porque “no estaban legalmente casados”. Bonatti, una vez más, tuvo que enfrentarse en solitario a su último gran desafío. Pero no era la primera vez. En 1965, harto de las polémicas desatadas en su país, que le acompañaban en todas sus aventuras, realizó su última gran escalada: la cara norte del Cervino en invierno y en solitario, y dando un portazo se retiró del envidioso mundillo alpino que le acosaba. Sólo tenía 35 años y hubiera podido seguir escalando muchos años y muchas montañas. En aquellos encarnaba una especie de Aquiles moderno de las montañas. Eran tiempos convulsos en un mundo cambiante. Tiempos de la guerra fría y de los Beatles, de la crisis de los misiles o el muro de Berlín, del sputnik y de Gagarin, Kennedy y Kruschev. Un tiempo excesivo para un hombre sencillo y honesto, de líneas rectas. Y se refugió en sus aventuras, libros y fotografías. Su temprano eclipse bebía del mismo silencio de esos grandes artistas, contemporáneos suyos, que lo abandonaron todo en plena juventud: la actriz Greta Garbo, el ajedrecista Bobby Fischer o el cantante Jacques Brel, que se retiró de la canción en 1966, a los 40 años. Tal vez aquel mundo complejo, que estaba gestando el que vivimos actualmente, ya no se merecía más películas de Greta Garbo, ni otra canción de Jacques Brel. Ni tampoco otra escalada del gran Bonatti.
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