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De entre los numerosos hijos que tuvo Alejandro VI destacaremos a Juan, a César y a Lucrecia; ellos fueron los que estuvieron más cerca de su padre. César, que a pesar de una nula propensión al estado eclesiástico, había sido nombrado arzobispo de Valencia con diecisiete años y cardenal con dieciocho, aprovechó la muerte de su hermano Juan en 1497 para ocupar el lugar de heredero de los Borja en Italia. Nombrado entonces Capitán general de los ejércitos pontificios, modelo del Príncipe de Maquiavelo, los treinta y dos años de vida de César Borgia, sintetizan la turbulencia de una época de luchas despiadadas por el control del poder secular y espiritual. Un halo sulfúrico envuelve a Lucrecia, la hermana de César. Las calumnias difundidas por los enemigos de su padre, Alejandro VI, –ella seria acusada de doble incesto– han seducido durante siglos la imaginación de muchos. Admirada por los grandes espíritus de su época: Bembo, Ticiano y Ariosto, Lucrecia simboliza la fuerza de la mujer del Renacimiento, con su belleza, su inteligencia, su sentido político, su talento y su generosidad como mecenas, su sensibilidad social (en Ferrara, sus súbditos la llamaban “la madre del pueblo”). No se trata, pues, de la heroína romántica a la que se nos ha acostumbrado, sino de la verdadera antagonista de las tragedias que le tocó vivir.
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