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La película Park Fiction Film de Margit Czenki, acabada en 1999, iba mucho más allá en algunos aspectos respecto a las formas de documentación clásica, y formaba constitutivamente parte de la producción colectiva de deseos de un parque que aún no existía: “los deseos van a abandonar las casas y salir a las calles”, decía el sugerente subtítulo, que vinculaba el poder constituyente de los deseos con la promesa de llevarlos a la esfera pública. Lentamente, los deseos huyeron volando del espacio estriado que separa lo privado de lo político. Estos iban desde una grabación con cantos de pájaros y un seto podado en forma de caniche, una casa en un árbol en forma de fresa madura, buzones de correos para adolescentes a los que sus padres controlaban el correo en casa, un cine al aire libre, un gimnasio con el tejado ajardinado y palmeras de madera móviles a través de raíles, una fuente de piratas, plataformas móviles para tomar el sol y hacer barbacoas, césped con ruedas, el boulevard de las posibilidades expulsadas por la calle, un jardín para tomar el té, un campo de árboles frutales, bancos, flores, y una diosa inca que escupía fuego como escultura para cocinar, una pista para perros, un tobogán que desembocaba en el (entonces limpio) río Elba, hasta el Trash Park hecho con basura no procesable de la sociedad del bienestar, que pretendía reflejar las relaciones en el barrio.
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