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Y sin embargo este mismo pensamiento crítico es terriblemente débil, por una parte porque con demasiada frecuencia se deja encerrar y ahogar en el microcosmos universitario (algo particularmente evidente en los Estados Unidos donde la crítica social funciona en el vacío y da vueltas sobre sí misma, para terminar mordiéndose la cola, como un perro que se vuelve rabioso tras ser encerrado en un vestíbulo), y, por otra, porque en la actualidad se encuentra frente a una verdadera muralla china simbólica formada por el discurso neoliberal y sus derivados que han invadido todas las esferas de la vida cultural y social, y porque debe hacer frente, además, a la concurrencia de un falso pensamiento crítico que, bajo la apariencia de un lenguaje aparentemente progresista que se refiere al “sujeto”, la “identidad”, el “multiculturalismo”, la “diversidad” y la “mundialización”, invita a la sumisión a las fuerzas del mundo, y concretamente a las fuerzas del mercado. En un momento en el que la estructura de clases se rigidifica y se polariza, cuando la hipermovilidad del capital proporciona a la burguesía transnacional una capacidad de dominación sin precedentes, cuando las elites dirigentes de todos los grandes países desmantelan de común acuerdo los dispositivos de protección social puestos en marcha tras más de un siglo de luchas salariales, y cuando formas de pobreza que recuerdan las existentes en el siglo XIX surgen de nuevo y se extienden, los representantes de ese falso pensamiento crítico hablan de “sociedad fragmentada”, de “etnicidad”, de “convivialidad”, de “diferencia”. Cuando más nos hace falta un análisis histórico y materialista sin concesiones, nos proponen un culturalismo soft absorbido enteramente por las preocupaciones narcisistas del momento. En realidad nunca el falso pensamiento, ni la falsa ciencia, han sido también tan prolijos y omnipresentes.
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