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Cuando Antonio intenta convencer a la policía para que recupere su bicicleta, un agente asume el caso en un primer momento, pero inmediatamente declina proseguir. El caso se archiva, la víctima ha de buscar la bicicleta por sí solo. El film dedica incluso más atención que el libro a la búsqueda de la bicicleta que comienza en este momento, recorriendo la ciudad desde el mercado negro de Piazza Vittorio hasta llegar desesperadamente a Porta Portese, donde los ladrones ponen su botín en circulación en un increíble e inacabable caudal de materiales recién hurtados. Si les parece que alguna bicicleta puede ser fácilmente reconocida, entonces la venden por partes: timbres, frenos, sillines, bombas, pedales, dinamos, faros, neumáticos, etcétera. Antonio y sus amigos, en consecuencia, han de dividir su atención a la hora de escudriñar el escenario: uno mira armazones; otro, neumáticos; y aun otro, timbres y bombas. Pero como consecuencia de las múltiples estrategias de ocultamiento —intercambiando partes entre varias bicicletas o repintándolas—, las características especiales de la bicicleta se hacen desaparecer, y la identidad de cada una ya no se puede establecer. Un segundo policía que se incorpora a la escena tampoco parece especialmente interesado en resolver el caso. En el libro de Bartolini, hay incluso policías entre los vendedores del mercado negro, y los negocios de estos funcionarios-traficantes están perfectamente integrados en la red de ladrones de bicicletas.
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