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Consumir no se reduce a adquirir y gastar un servicio o un producto, como enseña la economía política y su crítica, sino que sobre todo se trata de pertenecer a un mundo, adherirse a un universo. ¿De qué mundo se trata? Basta con encender la televisión o la radio, pasearse por una ciudad, adquirir una revista o un diario, para saber que este mundo está constituido por agenciamientos de enunciación, por regímenes de signos en los que la expresión se llama publicidad y lo expresado (el sentido) es un reclamo o una orden; que son, en sí mismas, una evaluación, un juicio, una creencia; que se ejercen sobre el mundo, sobre uno mismo y sobre los demás. Lo expresado (el sentido) no es una evaluación ideológica, sino una incitación (hace señas), un llamamiento a abrazar una forma de vida, es decir, a abrazar una manera de vestir, una manera de tener un cuerpo, una manera de comer, una manera de comunicar, una manera de habitar, una manera de moverse, una manera de tener un género, una manera de hablar, etc. La televisión es un flujo de publicidad regularmente interrumpido por películas, programas de entretenimiento y noticiarios. La revista de prensa, de acuerdo con el experimento de Jean-Luc Godard, se reduce, si uno quita todas las páginas que contienen publicidad, al editorial del jefe de redacción. Y la radio es un flujo ininterrumpido de publicidades y de emisiones en las que resulta cada vez más difícil saber dónde comienzan unas y acaban otras. Desgraciadamente, hay que reconocer que Deleuze tenía razón al afirmar que la empresa tiene alma, que el marketing se ha convertido en su centro estratégico y que los publicitarios son "creativos".
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