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Im Mittelalter wurde die individuelle Autorin nicht im gleichen Ausmaß geschätzt, wie sie es in den modernen Gesellschaften wird. Deswegen hilft uns das Verständnis über die im Mittelalter produzierten Mechanismen, die zur Einschreibung von Bedeutung in die Texte führten, die Komplexität und den Reichtum an Nuancen im Konzept der Autorenschaft heutzutage zu verstehen. Tatsächlich funktionierte die Frage der Autorität und der Autorenschaft im Mittelalter anders als in der heutigen Welt: es war die Anerkennung der Autorität, welche die Autorenschaft schuf, in einem Prozess, in dem der Ursprung und/oder die Quelle des Wissens völlig abwesend von der eigentlichen Produktion des Textes sein konnte. So kennen wir das subtile und komplexe Denken einiger Intellektueller mittels der Aufzeichnungen, die Studenten aufschrieben, als sie den Vorlesungen in den Universitätshörsälen zuhörten. Vor allem haben wir das große Beispiel der Evangelien: der exzellenter Text des Wissens, ein Text in dem Jesus als Autor abwesend ist, obwohl es seine Autorität, die kurz vorher anerkannt wurde, ihre Niederschreibung hervorrief. Eine Schrift, die durch eine Vermittlung entstand, die von jemanden gemacht wurde, dem die Autorität als erzählender Zeuge von etwas, das einer andern Person zugeschrieben wird, anerkannt wird. Oft präsentieren sich uns die mittelalterlichen Texte ohne Namen, ohne die Zuschreibung einer Autorenschaft, das heißt, das sie der Autor oder die Autorin nicht unterzeichnete, und der, welcher sie später kopierte, registrierte nicht, wer am Ursprung seiner Ausarbeitung beteiligt war. Diese Anonymität scheint die mittelalterlichen Texte nicht die Autorität ab zuerkennen; die Autorität, eines Textes ohne Unterschrift oder Zuschreibung einer Autorenschaft, verringerte aber nicht die Qualität für jemanden, der ihn las oder ihm zuhörte.
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En la edad media, la autoría individual no era valorada en la misma medida en la que lo ha sido en las sociedades modernas. Es por ello que comprender cómo, en la edad media, se producían los mecanismos que llevaban a la inscripción de significado en textos, nos ayuda a recorrer la complejidad y la riqueza de matices del concepto de autoría de hoy en día. De hecho, en la edad media, la cuestión de la autoridad y la autoría funcionaba al revés que en el mundo moderno: era el reconocimiento de autoridad el que creaba la autoría, en un proceso en el cual el origen y/o la fuente del saber podía estar completamente ausente de la propia producción del texto. Así, conocemos el pensamiento sutil y complejo de algunos intelectuales a través de los apuntes que sus estudiantes tomaban escuchando sus lecciones en las aulas universitarias. Y sobretodo tenemos el gran ejemplo de los Evangelios: el texto del saber por excelencia, un texto del que Jesús está ausente como autor, aunque es su autoridad, previamente reconocida, la que genera su escritura. Una escritura que resulta de la medicación hecha por alguien a quien se le reconoce autoridad como testigo narrador de algo atribuible a otra persona. A menudo, también, en los textos medievales se nos presentan sin nombre, sin atribución de autoría, es decir, no los firmaba su autora o autor, y quien después los copiaba, no necesariamente registraba quién estaba en el origen de su elaboración. Este anonimato, no parece que desautorizara los textos medievales; la autoridad de un texto sin firma y sin atribución de autoría, no menguaba para quien entonces lo escuchaba o leía.
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