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Die mehr oder weniger öffentliche Predigt, manchmal in eher verborgenen Winkeln, manchmal auf den zentralen Plätzen, muss wohl als Akt der Provokation vorgestellt werden. Frauen, die wie Hildegard von Bingen oder Marguerite Porete öffentlich auftraten, erprobten zwar eine seltene Form weiblicher Präsenz, dürften aber die Ordnungsmächte umso stärker auf den Plan gerufen haben.
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Los sermones más o menos públicos, que a veces se impartían en rincones más bien ocultos y otras veces en las plazas mayores, deben imaginarse sin duda como un acto de provocación. Las mujeres que, como Hildegarda de Bingen o Marguerite Porete, se presentaban públicamente, bien es cierto que ensayando una forma singular de presencia femenina, podrían sin embargo haber motivado la entrada en escena con otro tanto vigor de los poderes reguladores. Las beguinas eran un objetivo fácil de atacar, porque no pertenecían a ninguna orden establecida, pero también eran objeto de persecución las formas de vida que practicaban y divulgaban: recompositio e inventio, recomposición e invención, cobran aquí un tinte peligroso, puesto que lo nuevo, los «nuevos modos» e «innovaciones inauditas» eran términos asociados a los novi doctores, a las y los herejes[43]. A este respecto los obispos atacaron tanto la forma de vida de las reclusas, y en este caso era condenado por desmedido sobre todo el éxtasis del amor de Dios [Gottesminne], así como la de las beguinas nómadas, cuyas formas de vida errantes [herumschweifend] eran también consideradas licenciosas [ausschweifend][44]. Tan sólo quedó la forma central de la convivencia comunitaria –aunque cada vez más rigurosamente reglamentada– bajo el control de los organismos seculares y eclesiásticos. Hacia finales del siglo XIII los ataques se generalizaron, delimitando nuevamente una frontera clara entre el interior y el exterior de la Iglesia[45]: unas se integraron en el régimen católico, fueron colocadas en distritos en los que podían ser controladas y tuvieron que retirarse en comunidades sometidas a vigilancia, regulación e institucionalización acordes con el orden eclesiástico; las otras se vieron expuestas cada vez más a la persecución, la condena y el suplicio en la hoguera[46]; otras dieron el paso a la clandestinidad. Bajo semejante presión, cabe suponer que tuvo lugar un desarrollo parecido al que Norman Cohn registra en el caso de los varones begardos: desde la práctica pública de la predicación y la mendicidad, las beguinas giróvagas se replegaron «a raíz de un acuerdo conspirativo con determinadas comunidades de beguinas»[47]. De donde resultó una nueva recomposición, o al menos una reordenación de las funciones de las beguinas sedentarias y nómadas. Mientras las beguinas nómadas pudieron continuar su práctica de la predicación en las casas comunitarias, se mantuvo asimismo en pie, gracias a esa combinación clandes
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