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La última conmoción experimentada en el espacio mediterráneo medieval fue la rápida conquista de ciudades y territorios por parte de los «jinetes de Alá». Es de nuevo Roger Arnaldez quien nos recuerda que esos jinetes llegados de los desiertos de Arabia no eran invasores corrientes, ávidos sin más de conquistas y botín (aunque los hombres no se hayan librado nunca de todas las codicias): llevaban consigo una nueva fe, predicada por el profeta Mahoma y que se presentaba como el recordatorio de la fe de Abraham, el padre de los creyentes, el amigo de Dios. Era necesario restaurarla, porque los judíos y los cristianos la habían falseado, disimulando o alterando las verdades contenidas en la Torá y el Evangelio auténticos revelados a los profetas Moisés y Jesús. El monoteísmo absoluto se encuentra afirmado en el Corán, palabra eterna e increada de Dios, del modo más brutal y tajante. «Predica, en el nombre de tu Señor, el que te ha creado» (96:1). El hombre no debe interrogarlo sobre sus acciones ni sus mandamientos, porque es mas bien Él quien interroga al hombre (21:23). De sus servidores se exige estricta obediencia y sumisión a su voluntad. La palabra islam significa precisamente esa sumisión, y el islam se presenta como la restauración de una verdad única que debe unir a todos los creyentes. «Di : “¡Oh, gente del Libro! ¡Venid a una palabra común a nosotros y a vosotros!, que no adoramos sino a Dios y no le asociamos nada, que no utilizamos, ni unos ni otros, señores fuera de Dios”» (3:57/64). No cabe duda de que por la sencillez de su dogma el islam puede presentarse como la fe que debería ser común a los tres monoteísmos: un solo Dios, una sola fe, una sola comunidad; pero la fe, según un célebre hadiz consiste en creer en Dios, en los ángeles, los Libros, los Enviados, el Último Día y en lo que está predeterminado en bien y en mal.
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