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Von Rotens wütende Kritik oder ihre kritische Wut speist sich somit aus dem Diskurs, gegen den sie sich wendet. Ihre Empörung geht der Kritik nicht voraus; sie ist keine prädiskursive Quelle ihres Widerstandes. Vielmehr entsteht sie als beides, als Effekt von und als Antrieb gegen ein bestimmtes Machtregime, gegen eine bestimmte Weise, regiert zu werden. Dabei will sie das aufbrechen, was als Unveränderbares konstituiert wird, um, wie sie schreibt, „den Glauben an eine Selbstverständlichkeit von Lösungen und Vorgehen [zu erschüttern], die gar nicht vorhanden ist.“[8] Mit diesen Worten formuliert sie eine Praxis der Kritik, welche Judith Butler in ihrer Lektüre von Foucaults einschlägigem Text ähnlich beschreibt. Die Kritikerin steht, so meint Butler, vor einer doppelten Aufgabe. Sie zeigt auf, wie sich in der Verschränkung von Wissen und Macht eine spezifische Ordnungsweise der Welt durchsetzt. Und gleichzeitig untersucht sie, wo die Risse in dieser Ordnung bestehen. „Es muss also nicht nur der merkwürdige Knotenpunkt von Macht und Wissen isoliert und identifiziert werden, der das Feld intelligibler Dinge eröffnet, sondern es muss auch die Art und Weise rekonstruiert werden, in der dieses Feld den Punkt seines Aufbrechens erreicht, die Momente seiner Diskontinuität.“[9] Iris von Roten hat Risse da ausgemacht, wo die Vorstellungen eines gelungenen menschlichen Lebens nicht auf den Mann, sondern auf die Frau angewendet werden. Da zeigt sich, dass der bürgerliche Diskurs den eigenen Prämissen nicht standhält. Diese Unstimmigkeiten werden wiederum – und erneut entgegen dem Versprechen aufgeklärten Denkens – mit schlechten Argumenten über die Natur der Frau überdeckt, kein bisschen besser als wenn, wie von Roten schreibt, „Geisshirten Wunderkuren“[10] anpreisen würden.
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Así, pues, la crítica rabiosa de von Roten, o su ira crítica se alimenta del discurso contra el que se dirige. Su indignación no precede a la crítica; no es en modo alguno una fuente prediscursiva de su resistencia. Antes bien, surge de ambos modos, como efecto y como impulso contra un determinado régimen de poder, contra una modalidad determinada de ser gobernados. Además, quiere romper aquello que es constituido como inamovible, para, tal y como ella escribe, «perturbar la fe en una naturalidad de las soluciones y las maneras de obrar que no existe en absoluto»[8]. Con esas palabras formula una práctica de la crítica que Judith Butler, en su lectura del texto de Foucault sobre la cuestión, describe en términos parecidos. La pensadora crítica se enfrenta, a juicio de Butler, a una doble tarea. Ha de mostrar cómo en la interconexión entre saber y poder se impone una ordenación específica del mundo. Y al mismo tiempo ha de investigar dónde se encuentran las grietas de ese orden. «Así que no sólo es necesario aislar e identificar el nexo peculiar entre el saber y el poder que permite que surja el campo de cosas inteligibles, sino que también ha de rastrear la manera en que ese campo encuentra su punto de ruptura, sus momentos de discontinuidad»[9]. Iris von Roten localizó las grietas que se producían cuando las concepciones acerca de una vida humana realizada no se aplican al hombre, sino a la mujer. Se pone entonces de manifiesto que el discurso civil no respeta sus propias premisas. Tales desacuerdos se verán de nuevo recubiertos –y otra vez contra la promesa del pensamiento ilustrado– con argumentos pobres sobre la naturaleza de la mujer, lo que apenas se distingue, como escribe von Roten, de las alabanzas que reciben los «remedios milagrosos del cabrero»[10].
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