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Ésta es, me parece, la clave de la teoría y del libro de Latour. Lo que nos dice es entonces que los propios objetos son jueces; los propios objetos tienen juicio reflexivo, tejen morfismos. Tejer un morfismo es más que sencillamente representar: es también “pasar”, “enviar”. Es —en la jerga de los artistas digitales— “to morph something”[14], esto es, crear tu morfismo y comunicarlo. Esto es, tejer una red o un sistema por medio de esta comunicación. El juicio es, para Latour, siempre y al mismo tiempo comunicación de ese juicio. No es nunca representación pura. O hecho puro. Es una afirmación y su envío. En sus efectos se asemeja más a un acto de habla que a una mera expresión predicativa. Es la parole entendida no como habla sino como mensaje: siempre incluye su envío. Y el envío teje una red, ayuda a construir un sistema. Aquí, los cuasi-objetos se encuentran entre los más importantes de estos “mediadores”. La propia mediación, por supuesto, significa mucho más que mera representación. La representación implica el tipo de prácticas que tienen lugar en la escultura, la pintura, la novela, el poema. Incluso el cine es más un asunto de representación que de mediación. Pero de forma característica la formas tardomodernas de cultura rompen con la lógica de la representación. O, más bien, tal cultura tardomoderna, con bastante acierto llamada “los media”, nunca puede representar sin enviar, sin transmitir o comunicar. En efecto, “las economías de signos y espacios” contemporáneas, especialmente en su calidad de información, tienen mucho más que ver con la transmisión que con la representación. Esto es, en la cultura contemporánea la primacía de la transmisión ha desplazado la primacía de la representación. La cultura contemporánea es por tanto una cultura del movimiento. Una cultura de (cuasi) objetos en movimiento.
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