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Los desplazamientos también son perceptibles desde el punto de vista del consumo de bienes y servicios de carácter sexual. La industria del sexo crece, se internacionaliza, se diversifica, se sofistica, se mezcla con otras (por ejemplo, con la de la atención, en la telefonía erótica y el party-line)... Las mujeres no dejan de ser su principal fuerza de trabajo, pero empiezan a aparecer también como consumidoras... claro, ¡siempre que tengan cash para pagárselo! El sexo como intercambio mercantil impregna otros espacios (sexo-moda, sexo-espectáculo, sexo-trabajo doméstico, sexo-servicios de cuidado, sexo-azafata de congresos) e, inserto en la cadena placer-consumo, se utiliza cada vez más como reclamo comercial, ya sea en versiones más hardcore o más dulcificadas. Así, su lugar se vuelve más incierto, más generalizado, y la que se porta mal no se ve inmediatamente abocada al otro lado de la barrera, a otra profesión, a un modo de vida específico... Esta hipersexualización paradójica (¡antes muerta que sencilla!), que hace la sexualidad más presente y visible que nunca sin mitigar en absoluto el estigma del servicio sexual directo (prostitución) y creando, de hecho, nuevas fronteras internas a la propia industria sexual (sexo-porno, sexo-calle, sexo-teléfono), pasa por la saturación de un plano fijo y excluyente heteronormativo. Es cierto: el capitalismo ha aprendido también a tolerar y sacar provecho de otras sexualidades, pero siempre y cuando pueda acotarlas y asegurar de algún modo su inteligibilidad. Al fin y al cabo, además de un modo de producción determinado, el capitalismo es una axiomática, es decir, un modo específico de regulación de los flujos (de personas, objetos, ideas, imaginarios, afectos...) y se ha hecho capaz de deglutir las diferencias, toda vez que pueda someterlas a su sistema de convertibilidad[11].
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