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DV: En realidad, aunque no me parece que esta orientación sea de por sí lo más importante, hay que reconocer que mi grupo se encuentra entre los pocos que en Rusia están influenciados por las tradiciones emancipatorias europeas en nuestra vida cotidiana, en los hábitos personales, etcétera. De hecho, si trasladas nuestro trabajo a un contexto internacional, podría describírselo con un viejo concepto feminista: prácticas de autoconciencia. Pero, al mismo tiempo, no se pueden equiparar sin más nuestras prácticas con su correlato occidental, porque, en Rusia, estas actividades tan "inocentes" sufren con frecuencia sanciones por parte del Estado represivo, el cual se toma muy en serio cualquier reclamación crítica, empeñándose en destruirla mediante el tradicional despotismo. Esto confiere una especial intensidad al trabajo crítico, y resalta el significado de la crítica como expresión de la verdad sobre el poder, como desvelamiento de su carácter de oscura máquina de represión que no produce nada por sí misma sino que estrangula todo lo que está vivo. Cuando a la gente se la encarcela, persigue o incluso a veces se la asesina por ser demasiado crítica, la crítica como tal adquiere un nuevo sentido. Pienso que hay poca gente dispuesta a sacrificarse por el derecho a ser críticos o por amor a la verdad. Llegados a este punto, creo que tiene sentido recordar que el periódico de Lenin se llamaba Pravda, que significa "verdad" en ruso... Por cierto, fui a la última Marcha de los Disidentes, y en todos los mítines se insistía en decir "la verdad está de nuestra parte"[7]... Pero, ¿cuán eficaz piensas que pueden ser tales prácticas críticas, cuando la mayoría de la gente se mantiene tan pasiva?
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