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Cuando hablamos de "poner" nos referimos, más exactamente, a re-poner. Porque el cuidado, tal y como lo entendemos, ya está, de hecho, en el centro. Aún más: siempre ha sido y continúa siendo, hoy más que nunca, el centro. El centro en el sentido de principio y de principal, como arché de la existencia humana y de las relaciones sociales. Porque el cuidado es lo que hace posible la vida (la genera, la alimenta, la hace crecer, la sana…), lo que la puede hacer más alegre (creando relaciones de interdependencia entre los cuerpos) y más interesante (generando intercambios de todo tipo de flujos, saberes, contagios), lo que puede darle, en definitiva, algo de sentido[14]. Pero esta realidad, que ya ha sido silenciada en el denostado ámbito de la reproducción y una y mil veces rescatada de las mistificaciones patriarcales por las críticas feministas de la economía política, vuelve hoy a difuminarse incluso en los, por lo demás, imprescindibles análisis del posobrerismo italiano sobre el trabajo inmaterial, las formas de explotación y las posibilidades subversivas de las nuevas formas del trabajo. Uno de los errores más graves de estos análisis reside, siguiendo a Negri, en "la tendencia a tratar las nuevas prácticas laborales de la sociedad biopolítica atendiendo solamente a sus aspectos intelectuales e incorpóreos. Sin embargo, en este contexto, la productividad de los cuerpos y el valor del afecto son absolutamente esenciales"[15]. Por lo tanto, nuestro envite de poner el cuidado en el centro consistiría, entre otras cosas, en rescatar la componente afectiva del trabajo inmaterial de la periferia o el silencio a los que lo suelen relegar los análisis de la realidad y en reconocer la imposibilidad de separarla de la materialidad de los cuerpos –pese al empeño del capitalismo tardío en hacerlo. En definitiva, en volver a situarlo en el lugar que le corresponde y que, de facto –insistimos– ocupa
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