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La idea de un coffee shop se encuentra todavía en la fase de planificación, incluso si todo se desarrolla favorablemente, no sería antes de 2017, como muy pronto, cuando se pondrían en marcha uno o más puntos de venta. En caso de que la Agencia Federal del Opio rechace el proyecto piloto, dejando que Fráncfort o Kreuzberg emprendan acciones legales, se tardaría más tiempo. Aunque Fráncfort se muestra más de acuerdo con el proyecto piloto, como Berlín, depende de la discreción de la Agencia Federal del Opio o BfArM, por su siglas en alemán. Las políticas de Frank Henkel, llevadas a cabo por las fuerzas del orden público, ya están resultando en una descentralización del comercio o venta callejera. Los agentes de policía se quejan, de forma anónima, de que reciben poco apoyo de la comunidad. Resulta muy frecuente que los ciudadanos descubran a los agentes de paisano cuando están de servicio. ¿A quién le sorprende en un barrio donde la mayoría de la gente ve el cannabis como algo que enriquece y no como una amenaza? Sin embargo, a diferencia de los habitantes de Berlín, la policía de la capital no es, en absoluto, conocida por ser liberal. En Fráncfort, la policía apoya totalmente la liberalización, y dos asociaciones de la policía alemana manifiestan que no quieren ser utilizados para seguir alimentando la persecución de los consumidores. Tanto la Federación Alemana de Agentes de Policía (Bund Deutscher Kriminalbeamter) como el Sindicato de la Policía Alemana (Deutsche Polizeigewerkschaft), de orientación conservadora, se han pronunciado a favor de replantearse la política de drogas, y Wimber, el superintendente de la policía de Münster, quiere formar una LEAP de Alemania (Agencia de Seguridad Estatal contra la Prohibición) en 2015. Desde Berlín, por el contrario, nos llegan poco más que denuncias de agresiones y quejas sobre ciudadanos que no cooperan, leyes laxas y camellos inmundos. Además, el Ejecutivo, con su actitud intransigente y de permanente represión, no puede afirmar que sea inocente de agravar una situación que se aviva, de igual modo, con el debate sobre las drogas y sobre el racismo. Cualquier persona a la que no le preocupe encerrar, o deportar, a un traficante a pequeña escala con cinco gramos en el bolsillo, no sólo tiene un problema con el cannabis, sino que además tiene un problema profundo con la humanidad. Los medios de comunicación están haciendo el resto para aumentar las divisiones. La prensa sensacionalista perpetúa el cliché del ca
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