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Entre el inicio de la construcción del edificio “Louise-Weiss” en los años 1990, después de la caída de la Cortina de hierro, y su terminación hace 10 años, hemos creado las condiciones necesarias para la integración de los Estados de Europa central y oriental en la Unión Europea. Ahora se debía mantener la promesa de la paz, de la estabilidad, de la prosperidad y del progreso para todas las naciones europeas, como lo habían hecho anteriormente los países libres de nuestro continente con respecto a las naciones vecinas. Como presidente del Parlamento europeo, elegido por los diputados de 27 Estados miembros, y como alcalde de la ciudad que simboliza la reconciliación franco-alemana y acoge a los representantes de una Europa ampliada, estamos particularmente felices de constatar que Europa puede hoy estar unida de manera democrática y libre. Jean Monnet, uno de los fundadores de la Comunidad, lo ha dicho, no se trata tan sólo de aliar Estados, sino más bien hombres. El Parlamento europeo debe ser la mejor expresión de esto. La democracia circula en su seno: las opiniones de más de 160 partidos nacionales se enfrentan vivamente en 23 idiomas diferentes como en ningún otro parlamento del mundo, y sus siete grupos parlamentarios intentan reunir la diversidad. Incluso cuando se representa una opinión minoritaria en un Estado miembro, en Estrasburgo, es posible formar parte de un partido mayoritario y viceversa. Los debates no están paralizados por tradiciones gubernamentales, oposiciones previsibles. Las minorías se constituyen según hechos, en variadas constelaciones que superan las fronteras de los grupos parlamentarios. El Parlamento tendrá una influencia y será competente en la estructura institucional de la Unión Europea sólo si sus miembros se entienden en una mayoría absoluta y si sostienen el punto de vista de la representación popular frente a los miembros de los gobiernos del Consejo. En la mayoría de los casos, el Parlamento europeo decide con el Consejo, lo que sería casi siempre el caso con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. El Parlamento europeo es un lugar consagrado a los representantes del pueblo pero también abierto a los visitantes, en el que se expresa la democracia. Cuando la Ciudad de Estrasburgo y el Parlamento construyeron juntos este edificio, nuestra exigencia era que simbolice la apertura y la transparencia que permitan a los ciudadanos encontrarse con a sus representantes políticos de diferentes maneras: asistir a una sesión
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