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Lucía visita Cova de Iria, donde tiene lugar la séptima aparición de la Madre de Dios, aludida el 13 de mayo de 1917. El obispo de Leiria había invitado a Lucía a dejar Aljustrel para refugiarse en el Asilo de Vilar, en Porto. Lucía lo había acordado, pero pronto se arrepentiría, acusando el peso de la separación de la familia y de los lugares que le eran familiares. Años más tarde, recuerda en su diario cómo, aquel día, se dirigió a Cova de Iria, donde, «arrodillada e inclinada sobre la pequeña grada que resguardaba la tierra que había alimentado la feliz encina donde Nuestra Señora posó Sus Inmaculados pies, dejé las lágrimas correr en abundancia mientras que pedía a Nuestra Señora perdón por no ser capaz de ofrecerle, esta vez, este sacrificio que me parecía superior a mis fuerzas. Recordaba sí, ese más bello día 13 de mayo de 1917, en el que había dado mi “Sí” prometiendo aceptar todos los sacrificios que Dios quisiera enviarme. Y este recuerdo era como una luz en el fondo del alma, un escrúpulo que no me daba paz, y me hacía derramar un torrente de lágrimas. […] Cierto es que, desde el Cielo, tu maternal mirada me seguía los pasos y en el espejo inmenso de la Luz que es Dios, viste la lucha de aquella a quien prometiste especial protección. “Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”. Así solícita, una vez más desciendes a la tierra, y fue entonces cuando sentí tu mano amiga y maternal tocarme en el hombro; levanté la mirada y te vi, eras Tú, la Madre bendita dándome la mano e indicándome el camino; tus labios se cerraron y el dulce timbre de tu voz restituyó la luz y la paz a mi alma: “Aquí estoy por séptima vez, vete, sigue el camino por donde el Señor Obispo te quiere llevar, esa es la voluntad de Dios”. Repetí entonces mi “Sí”, ahora más consciente que el día 13 de mayo de 1917 y mientras que, de nuevo, te elevabas al Cielo, como un relámpago, me pasó por el espíritu toda la serie de maravillas que en aquel mismo lugar, hacía apenas 4 años, allí había contemplado. Recordé a mi querida Nuestra Señora del Carmen y en ese momento sentí la gracia de la vocación a la vida religiosa y el atractivo por el Claustro del Carmelo.»
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