|
|
In greco, la parola pedagogo ha le sue radici in “pàis, paidòs = fanciullo“ e “agogòs = che guida“: colui che accompagna il fanciullo e svolge questo compito in tutti i momenti della sua vita. Per i greci l’educazione era caratterizzata dall’azione, si educava per la vita. In quel tempo non si concepiva la teoria senza la pratica. Un maestro, pertanto, era anche un modello, una persona, generalmente adulta, che aveva vissuto e aveva la capacità di trasmettere la sua esperienza, un modello. Acquisiva con il suo alunno una relazione, che è quello che oggi conosciamo con il nome di empatia pedagogica, caratteristica che possiedono i docenti che sintetizzano quello che chiameremo comportamenti di successo. Lungo lo scorrere della storia molti filosofi e pedagoghi rifletterono sulla relazione docente – alunno. Rousseau, nell’Emilio, fa riferimento a questa relazione “c’è un contratto pedagogico nella misura in cui due parti si impegnano a stabilire e, poi, a vivere, una relazione educativa, cioè un reciproco impegno di educazione”.
|
|
|
Desde la antigua Grecia cobra protagonismo la figura del maestro como agente favorecedor del aprendizaje; en este período histórico el rol del docente se caracterizaba por una serie de conductas y valores. En griego, la palabra pedagogo tiene sus raíces en (paidos -niño) y (gogos -conducir): el que conduce al niño, y lo hace en todos los momentos de la vida. Para los griegos la educación se caracterizaba por la acción, se educaba para la vida. En ese tiempo no se concebía la teoría sin la práctica. Un maestro, por tanto, era también un modelo, una persona generalmente mayor que había vivido y tenía la capacidad de transmitir su experiencia, un modelo. Lograba con su alumno una relación que es lo que hoy conocemos como la empatía pedagógica, característica que poseen los docentes que sintetizan lo que denominaremos practicas exitosas. A lo largo de la historia muchos filósofos y pedagogos reflexionaron sobre la relación docente alumno. Rosseau en el Emilio hace referencia a esta relación “hay contrato pedagógico en la medida en que dos partes se comprometen a establecer y, luego, a vivir una relación educativa, es decir, un recíproco compromiso de educación”. Más adelante Pestalozzi profundiza sobre la importancia de este vínculo y afirma entre otras cosas que “el trato amoroso de los maestros es esencial para lograr la disciplina y el aprendizaje”. En la época de San Leonardo Murialdo cobran, sobre todo para los educadores cristianos, mucha significatividad las ideas de algunos franceses como Monseñor Félix Dupanloup o de Marcelino Champagnat para quien el maestro “…es padre. Ciertamente, es un segundo padre, cuya vocación no supera, claro está, a la del primero; pero su entrega es tal vez más generosa, por ser más libre y desinteresada; su inclinación es menos natural, pero viene inspirada de más arriba; su capacidad, finalmente, es a menudo mayor y más perfecta”, también Montessori diseña un método pedagógico basado en el amor al alumno. Ya en el siglo XX Vigotsky, Brunery, Maturana y Gadner entre otros también analizan la importancia de los vínculos y las emociones en las relaciones educativas.
|