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Mi compañero, con sus rodillas maltrechas y sin necesidad de ayudarse de los bastones, sube más fresco y la distancia entre los dos no hace sino aumentar. Inútil cebarse aumentando la zancada, pues esa obstinación no hace sino empeorar las cosas. Ni lo intento y doy un paso tras otro sabedor de que toca sufrir y no hay otra. A punto de llegar al refugio, cuya presencia anuncia una antena que se asoma al abismo, freno en seco y aviso a Fernando. Necesito comer algo. Cinco minutos y una barrita energética son suficientes para recuperar el resuello y hacer el último tramo con mejor ánimo. Son las seis y media de la tarde cuando llegamos a Altavista (dos horas y 45 minutos desde el aparcamiento de Montaña Blanca), a 3.260 メートル. Justo a tiempo, porque media hora después se reparten las habitaciones (en la nuestra dormíamos 14 人). No es necesario lanzarse a la carrera en busca de la mejor litera. Con muy buen criterio, el guarda del refugio las asigna ordenadamente para evitar jaleos. No todos han subido a pie hasta el refugio, algunos lo han hecho en teleférico descendiendo a pie hasta Altavista para hacer la ascensión desde aquí mañana.
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