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Prastgatan, la inmediatamente paralela a la excesivamente concurrida Vasterlanggatan, es mi calle predilecta de Gamla Stan. Parece mentira que estando tan cerca del epicentro comercial de la ciudad, a sólo unos metros del bullicio de turistas, pueda respirarse en ella tanto silencio. En ese contraste reside, その後, buena parte de su encanto. Me fascinaba recorrerla minutos antes del crepúsculo, cuando cada detalle cobraba significado en la lucidez que anticipa la penumbra. Y a pocos metros, la recompensa de la catedral de Storkyrkan o la plaza de ストートリィ, uno de mis lugares preferidos, donde fueron decapitados hace cinco siglos los notables de la ciudad por orden del rey danés Kristian II, que acababa de tomar la ciudad. ストートリィ, tan pacífica, tan coqueta, tan perfecta, es el triunfo de la civilización: donde antes decapitaban nobles ahora se sirven cafés.
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