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Hortik aurrera, enlazando un largo tras otro, caminamos hasta el teleférico que sube al Monte da Penha (5 euros adultos y la mitad los niños ida y vuelta), un parque a 600 metro, coronado por un santuario, repleto de intrincados senderos que se abren paso, a veces de forma inverosímil, entre grandes moles de piedra.
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Desembocamos en la medieval plaza de Santiago, con sus animados veladores sobre el suelo empedrado y sus casas antiguas, que parecen trazadas a escuadra y cartabón. De lá, enlazando un largo tras otro, caminamos hasta el teleférico que sube al Monte da Penha (5 euros adultos y la mitad los niños ida y vuelta), un parque a 600 metros, coronado por un santuario, repleto de intrincados senderos que se abren paso, a veces de forma inverosímil, entre grandes moles de piedra. Nos asomamos a la varanda dos enamorados, mancillada por un voluminoso excremento de perro (o eso quiero pensar). Es un festín de la naturaleza que alivia el marchamo industrial de la actual Guimaraes y un lugar de esparcimiento familiar los fines de semana.
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