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No tengo nada en contra de las carreras de montaña. Es una manera de amar la naturaleza muy alejada de la mía -que no concibo los valles, los collados y las cumbres como una inmensa pista de atletismo-, pero igualmente respetable. Sí tengo mucho en contra, Hala ere, de quienes no respetan a la montaña o de cualquiera que la ensucie impunemente. Por eso me molestó especialmente tropezarme hace unos días, en la ascensión a los Bacún desde el valle de la Garcipollera, un paraje escasamente transitado del Pirineo oscense, con los restos de la señalización de una carrera, duen 2KV, a la cima de Collarada. Cintas rojiblancas, carteles de plástico, flechas indicativas y estacas jalonaban la subida a la loma sur de Bacún (2.144 metro). La prueba se había celebrado hacía una semana, pero las señales del itinerario para orientar a los participantes en ese tramo seguían ahí. Suben rápido, bajan aun más rápido pero, zer ikusten da, sus organizadores no se dan la misma prisa en limpiar.
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