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“Prefería no hablar a su nieta que usar el inglés”. La historia me la cuenta, con esa frase, Carola, una periodista sudafricana que vivió los tiempos de la llegada de la democracia en primera línea, trabajando en televisión. Ella, junto a sus padres marchó a vivir a Estados Unidos siendo una niña. Allí aprendió a hablar inglés. Luego, cada vez que volvía a Sudáfrica se encontraba con su abuela afrikáner, “con la que tenía una relación tierna. Me quería y yo la quería a ella, pero no podíamos hablar nunca, ella no sabía inglés”, me explicaba. “Así crecí, pensando que era imposible hablar con ella hasta que después de muerta mi abuela y al volver a Sudáfrica supe que sí que hablaba inglés, sólo que se negaba a usarlo. Odiaba a los ingleses y a todo lo que tuviera que ver con ellos. Ella fue una de las mujeres que fue recluida en un campo de concentración británico en los tiempos de las guerras anglo-boer”. Vio morir a su hermana, a sus tías a muchas de las miles de personas que murieron en un invento, los campos de concentración, que se relaciona con el nazismo pero que fue creado por los británicos en esta tierra. Recluyeron a las mujeres y niños de los Boers en míseras condiciones, incapaces de vencer una guerra en la que tenían una enorme superioridad numérica y de armamento. Los derrotaron así, encerrando y aniquilando a sus familias.
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