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But, as Stefan Zweig writes, “The world always needs men who refuse to admit that history is anything more than a perpetual, drab beginning over and over again, the same play insipidly re-enacted against different backdrops; men who have the unshakeable conviction that history has a moral purpose; that it embodies a progress steadily pursued by the human race in its ascent from brute force to a spirit governed by order and wisdom, from bestiality to divinity, and that humanity is already within reach of the highest rung on the ladder… Soon, Erasmus and fellow-travellers joyfully told themselves, humanity, well educated and conscious of its own strength, would recognize its moral mission, and, after finally shedding the last traces of bestiality in its nature, would live in peace and brotherhood… But it was not the glow of a holy new dawn that they glimpsed through the darkness of this world: it was the conflagration that was about to destroy the ideal world of humanism. Like the German tribes who invaded Classical Rome, Luther, a fanatical man of action, was about to unleash a grassroots national movement of irresistible force, overrun the humanists and smash their internationalist dreams. Before humanism had truly begun its task of building universal concord, the Reformation brought its hammer down on the Eclessia universalis, thus shattering the last vestige of spiritual unity in Europe.”
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Erasmo se siente desolado al ver que «entre religión y religión, entre Roma, Zúrich y Wittenberg, se guerrea bárbaramente; entre Alemania y Francia e Italia y España, se suceden infatigablemente las campañas militares, como errantes tempestades; el nombre de Cristo ha llegado a ser grito de guerra y pendón para acciones militares». Ha sido finalmente la historia del siglo XX la que ha mostrado del modo más cruel esa sobreestimación de lo civilizado; Erasmo no pudo imaginar el problema terrible y casi insoluble del odio racial. Sin embargo, como dice Stefan Zweig: «Siempre fueron necesarios al mundo hombres que se negaran a creer que la historia no sea nada más que una roma y monótona repetición de sí misma, un juego sin sentido que se renueva siempre de igual modo con cambiados ropajes, sino que confían, sin pruebas para ello, en que el curso de la vida de la humanidad significa un progreso moral, en que nuestra especie, por invisibles escalones, asciende desde la bestialidad a la divinidad, de la brutal violencia hacia un sabio espíritu de ordenación y que este último, el grado supremo de la completa concordia humana, está ya próximo, ya casi alcanzado. […] No, no puede pasar mucho tiempo, tal como lo proclaman con júbilo Erasmo y los suyos, antes de que la humanidad, conocedora de sus propias fuerzas y tan pródigamente dotada de ellas, tenga que reconocer su misión ética, vivir en lo porvenir únicamente de un modo fraternal, proceder moralmente y extirpar de modo eficaz los residuos de su naturaleza bestial. […] Pero no es la bendita aurora lo que amanece sobre la tierra tenebrosa: es el incendio que destruirá su mundo idealista; al igual de los germanos en la Roma clásica, así irrumpe Lutero, el fanático hombre de acción, con la irresistible fuerza de choque de un movimiento popular nacional, en su mundo de ensueños supranacionales e idealistas, y antes aún de que el humanismo haya comenzado verdaderamente su obra de unificación universal rompe la Reforma, con los golpes de su martillo de hierro, la última unidad espiritual de Europa, la Ecclesia universalis».
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