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Ante este aviso, decidieron que a la mañana siguiente sólo los no señalados irían al combate, quedando el resto en a Iglesia de San Miguel rezando. Cuando volvieron de la lucha sin ninguna baja, en la que se rechazó la acometida de los moros, entraron en el templo y encontraron a todos los caballeros muertos y sus cuerpos momificados. La pila bautismal rebosaba sangre, en vez de agua, y sólo cuando el comendador metió su cruz en ella la sangre se diluyó y se volvió agua de nuevo. “No se pueden burlar los designios del señor”, entendieron los caballeros. El suceso allí acontecido pronto se conoció en el resto de la ciudad. Desde entonces, el pueblo iba a la pila bautismal a pedir milagros. El agua de aquel recipiente cura las heridas de arma blanca, dice la tradición.
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