|
|
Con solo catorce dólares en el bolsillo -fue todo lo que me dejó, cuidadosamente colocado sobre la cama, como si en el último momento se hubiera apiadado de mí y hubiera pensado que era una buena idea dejarme algo de cash para poder tomar una barca de regreso a tierra firme-, no sabía cómo iba a arreglármelas. Pero Albert medió con el hotel y con los restaurantes de la zona para que me prestaran sus servicios gratuitamente. Además, el policía de la gorra que hoy decora mi armario todavía me tenía otra una sorpresa preparada. “Mañana cojo vacaciones una semana, vente conmigo a Manila”, dijo sin pestañear. Su tía vivía cerca de la ciudad, aclaró, podría alojarme en su casa hasta que hiciera efectivo mi cambio de vuelo a Bangkok. Me pareció una idea tan descabellada como cojonuda.
|