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La parresía, decir la verdad, conlleva dos direcciones simultáneas: por un lado, se dirige al exterior cuestionando el poder constituido en todas sus formas, tanto a nivel molecular como molar; por otro lado, se dirige al interior, se convierte en una afirmación dual de la vida y, por tanto, se vuelve selectivo en un sentido nietzscheano, con el fin de dejar a un lado la cristalización molecular del poder en la organización y deshacerse en la práctica de las fuerzas reactivas. Sea como fuere, Foucault insiste en que la parresía es una tarea peligrosa. Esto es algo que sentimos tanto bajo la sombra permanente de la persecución por parte de un poder disciplinario como por la precariedad de nuestro propio colectivo. El peligro de perder nuestro punto de maquinación con la realidad, nuestro colectivo de amigos, es serio. Sin embargo, siempre nos hemos desafiado a nosotros mismos, en cada paso, en cada proyecto. Y hubo disparidades, a veces diferencias que fueron demasiado radicales, en ocasiones malentendidos y polémicas personalizadas intolerables. En consecuencia, hubo momentos de implosión y una pérdida de lo colectivo. Errores, por supuesto; arrepentimientos, nunca.
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